Cuando lo volví a ver
May 28, 2019
story
Tenía un ojo casi a punto de reventársele. Le dolía obviamente. Sí casi me dolía a mí que lo veía…pero su sonrisa era divina. Es divina. Es pura. Es pícara también. Apenas tiene catorce años y ha pasado por todo.
El garrotazo tuvo que haber sido el más tenaz para que su carita estuviera así. Yo intenté curarlo con un poco de esas cremas milagrosas que se van inventando por ahí y las cuales, yo muchas veces pienso que curan además no solo por sus ingredientes sino por la delicadeza y el amor con que se ponen. Así como hoy yo misma me la unto sobre mis dolores…y ciertamente disminuyen. Porque me trato también compasivamente. Más que a nadie. Y me echo mis ungüentos con la certeza de que me quitaran esto y aquello. Y gracias a Dios no he recibido un garrotazo de esos en mi cara porque sin ser vanidosa creo que el dolor tendría que ser tal, que tal vez necesitaría algo más que cremitas.
Cuando lo volví a ver había crecido. Ya era un joven. Lo debí haber visto pequeño. Todos son bastantes parecidos. Pero éste, era distinto. Era más callado. Su mirada era tímida. Sonreía pero agachaba su cabecita. Algo debía de haber pasado. Algo. Y yo siempre me preguntaba qué. Qué…nunca lo he sabido. No con certeza. Imagino. Imagino que le pasado la historia de Colombia por encima. Le ha pasado la violencia de la guerra pisoteándolo sin piedad. Eso lo sé. Vive en un pueblo que amo. Un pequeñísimo corregimiento que se parece más al paraíso que a cualquier otra cosa. Es salido de cualquier sueño de nuestros más maravillosos escritores. Se babearían por haberlo conocido. Yo tengo ese privilegio. Y cuando estoy allí hay veces que me embriaga ese calor y esa humedad absurda y quisiera que Mutis lo hubiera visto. Para que también pudiera recrearme tan bien como lo hizo tantas veces con sus historias. Y he imaginado a Maqroll navegar por aquel estero sin parar de un lado a otro y he visto hasta Ilona. Ciertamente he visto la lluvia. Y no solo la he visto. La he sentido. Mil y una vez. Y uno aprende a vivir bajo ella. Y a continuar la vida aunque llueva. Ahí sí el dicho, llueve, truene o relampaguee es más cierto…porque en ese mundo mágico del Chocó, todo se hace sí se puede. Pero siempre se puede bajo la lluvia. Siempre.
Cuando lo volví a ver encontré a un joven. Uno que hoy es un compañero silencioso de mi vida. Y va conmigo a pescar y va conmigo por ahí no más, andando por ese estero y ese manglar. En donde ambos agudizamos la “vista”, para poder encontrar nuestra cena. Y esa jaiba fue la mejor. Y las pequeñas solo las observamos y nos encanta mirarlas porque se esconden y sus ojitos miran para otro lado como sabiendo que si nos miran serán parte de nuestra cena. Y los peces pequeños también. Esos los devolvemos. Pero los pargos grandes nos hacen reír y aunque nos miren y con mucha compasión, sabemos que son parte de nuestro almuerzo y no podemos devolverlos. No. No allí, en donde cazas o compras. Y llega un momento que ni con plata. No sirve pa´nada. Más te vale tener anzuelos. Y “pesos”. Pero pesados y no de papel. Y sino los tenés, más te vale tener creatividad porque todo puede servir. Un clavo. Esta vez nos tocó poner un clavo de peso porque se nos perdieron los pesos que llevábamos, o plomadas que llaman acá, y un clavo permitió que ese día almorzáramos. Y los dos reíamos…nadie nos veía. O si, alguien allá arriba que nos ayudó y permitió que cogiéramos cuatro pargos, una jaiba y dos ostiones.
Cuando lo volví a ver su ojito no le permitía verme bien. Pero su corazón sí. Y confió en mí. Y siendo un joven aún debía de trabajar para llevar algo de cenar a casa. Y yo que no estoy de acuerdo con el trabajo siendo aún tan jóvenes, sentía que estaba haciendo lo correcto. Son diez hermanos y todos tienen que hacer lo preciso por aportar en casa con un poco de todo. Menos uno. El que le dio el garrotazo. Porque algo pasa con él. Enfermó. Pero el resto, todo el resto tienen que aportar. En la selva, es uno de esos lugares en donde si no te mueves no comes. Solo siendo bebé. Pero creces rápido. Y por eso la gente se ve más vieja. Porque su trabajo físico es duro desde que son tan jóvenes. Sobrevivir es más difícil. No hay tiempo que perder. El día es el momento en el que podes conseguir eso que necesitas. Aunque muchas veces la mejor pesca sea de noche y ellos se enfrenten a esos peligros en donde también pueden ser cazados por depredadores. Porque somos animales. Hacemos parte de la cadena. Y hemos sido ciertamente también cazados. Ese es el ciclo de la vida. Y escucho historias del caimán y de la boa y del tiburón. Y solo pienso…qué natural es…cuán difícil es para todos sobrevivir en la selva. Allí nada es cerca ni los recursos disponibles son baratos. Son un lujo. Y tenerlos disponibles depende es de tu capacidad por conseguirlos. De nada más.
Cuando lo volví a ver su sonrisa me llevó a tantos días vividos en mi Chocó amado. Me recordó a mi propio hijo…quien ha aprendido mucho de la selva y del bosque, pero quien ciertamente siempre ha tenido quien pesque para él. Su vida es cómoda. Así lo hemos querido. Así lo queremos los padres para los hijos. Y uno espera que no se le vaya la mano. Y uno espera que lo valoren. Y uno espera que sientan el respeto que se merece cada cosa que tienen y consiguen. Porque sin duda, los hijos de quienes hemos crecido en las ciudades con tantos privilegios, hoy desechan lo que consiguen y lo remplazan todo tan fácilmente que uno se asusta. Yo me asusto. Son como un agujero negro. Por ahí se va todo. Y el consumismo los tiene atrapados. Y a mí que me dan alergia los centros comerciales, hoy ellos encuentran en esos increíbles lugares todo lo que no necesitan, pero que les da “status quo” y poder. Qué perdidos están. Los quisiera ver con Elian pescando…los quisiera ver cogiendo una jaiba. Los quisiera ver “esteliando" por entre los esteros de nuestro país. O los quisiera ver bajando un coco para tomarse el agua de una deliciosa pipa o comerse la manzana de un coco cuando está puyao…
Cuando lo volví a ver el alma me volvió al cuerpo. Porque regresó con él la esperanza que yo sentía perdida por los jóvenes de mi país. En él la veo. Aunque intenta conectarse al mundo también a través de un dispositivo inteligente. No cambia su canalete ni su chingo ni su machete ni una tarde de jaibas por nada del mundo. Ama el futbol y sueña con ser un gran jugador. Mientras tanto cada domingo va hasta Nuquí, en donde tiene una humilde casa de madera y en donde estudia de lunes a viernes, para poder terminar su bachillerato con todas las dificultades del mundo. Hoy es viernes. Hoy regresa a casa. Hoy va por su chingo. Hoy va de cacería. Hoy renace en él, como cada viernes, ese chico de la selva que es. Hoy se enfrenta a la verdadera sobrevivencia que le exige el mundo en el que nació…hoy extraño estar con él.
Cuando lo volví a ver me prometí ayudarle…porque él me dio de vuelta todo…todo.
- Latin America and the Caribbean
