Esta Gaia mía
May 28, 2019
story
Es hermosa.Y blanca.Y grande. Parece que juntas hemos vencido nuestros miedos. Y parece que juntas llegaremos lejos. Muy lejos. Porque su estructura es firme. Totalmente agradecida. Cada columna tiene una piedrecita que mientras las hacían, yo ponía para que ellas pudieran ser, para que ellas le ayudaran a estos cimientos a ser tan fuertes, como anoche se necesitaron para sostenerse mientras estas tormentas no tan pacíficas de nuestro pacífico azotaban todo. Y yo desde mi hamaca la miraba y mis lágrimas rodaban por mis mejillas cuando en vez de sentirme en tierra firme, además me sentía en mi velero. Qué hermosa coincidencia. Serendipia eres mi mejor regalo…y ayer sí que me permitiste otra vez reconocerte, saberte, apreciarte. Eres eso inesperado que llega y que ya es cuando tú ni siquiera puedes verlo. Es más llegas y uno te ve, pero comprenderlo toma un ratico. Dependiendo de algunas cosas a algunos les toman raticos más largos. Porque son lentos. Pero cuando el viento sopla fuerte y tu has sido aventurera y guerrera y estas izando una lona de 9 metros por 15 metros todo pudo pasar. Todo. Y ahí sí los rituales de protección salieron a hacer lo suyo. Y mi padre. Y mi madre. Y mi hijo que desde la distancia y pensando en algo más, sé que estaba conmigo. “Madre, esa casa va a quedar muy chimba”. Usó esa palabra que me encanta porque describe lo excepcional. Y yo reía porque ya habíamos izado la vela mayor de Gaia y parecía que navegáramos. Todos.
Esta Gaia mía es lo más hermoso que he hecho en muchos años. Es solo un piso y un techo. Y lo tiene todo. Es el Yin y Yan. Cada uno puso su mitad. Yo por poco salgo volando ayer antecitos de que el Sol se fuera. Pero vinieron ángeles. Terrenales. De esos de a pie. Y cada uno tomó una esquina y cada uno escuchó. Y cuando yo la capitana ya no sabía qué hacer, llegó otro capitán que me permitió creer que todo es posible. Uno que con sus palabras nos guió para poder resolver tantas dificultades. Las más difíciles. Él, un hombre brillante, hace años como yo y como muchos, sabe que acá en el Chocó es donde es la cosa. Y por eso ahora vive cerca de Gaia en ese pueblo en donde el tiempo y el espacio hacen de las suyas. Gracias Juanchito porque has cuidado de esta zona para que el paludismo cada vez sea menos y porque ahora crees en el aceite de coco y de güina y en los sueños. Gracias. Salvaste a Gaia de salir volando ayer y que su vela quedara destruida cuando apenitas la izábamos. Esa es la magia de aprender a trabajar en equipo. Y te entregue mi palabra y te dije guíanos tú… y yo con humildad escuché tus órdenes y todos salimos avante.
Esta Gaia mía me ha dado lo mejor. En este preciso instante me da el placer de ver este mar pacífico que hay veces tampoco de pacífico tiene nada. Y en noches de enero me dio la paz que nada nunca me había dado. Y también tristezas. Quise tantas cosas. Pero nunca todo es lo que pensamos o queremos. Quise ver a mi hijo correr por esta playa sintiéndola suya. Pero olvidé que ya tiene una. Y que ésta la conoció siendo tan niño que solo tiene recuerdos de chitras no picándolo sino mordiéndolo. Y así fue, como aún no siente esta Gaia mía, suya. Pero lo es. Porque así es la vida. Lo mío es de él. Un joven afortunado como ninguno. Porque en una de sus playas puede correr sobre las olas y en la otra navegar en Lisa y llegar hasta la boca de esa montaña vieja que parece salida de cualquier cuento. Siempre se lo recuerdo. Siempre. Y le exijo humildad. Le exijo respeto por los otros. Y por eso le digo que cuando su corazón sea herido se vaya al silencio de su alma y recuerde lo afortunado que es, no por tener cosas, sino por poder apreciar la belleza de las cosas. Y por poder subirse a las olas, y por poder contar con dos padres tan distintos. Tanto…que hay veces hasta el mismo se abruma. Si hijo, Gonzalo y yo somos tus padres, y tu nos escogiste. Por ti hice una de mis mayores locuras. Corduras. Literal. Porque amé al único hombre con quien me he casado por la iglesia con todo mi amor. Y él me amó. Pero la Serendipia de la vida nos tenía preparado algo más. Mucho más. Y tú venías en camino. Y tu padre y yo apenas sabiendo quiénes éramos, nos reconocíamos como esos espíritus que estábamos destinados a ser. Tus padres.
Esta Gaia mía me ha hecho recordar el placer de sentir que el mundo me pertenece. Y desde que duermo en hamaca, sí que más. Porque ya donde haya un espaciecito para colgarla, ahí puedo estar yo. Ahí puede mi cuerpo descansar cuando me lo exige hay veces. Porque hay días, como ayer en que habiéndome levantado a las 3 y 16 no quería que mis ojos se me cerraran para poder ver toda esta belleza. Toda esta dulzura de mi Gaia sirviéndome de hogar. Sirviéndome de velero. Y yo simplemente no quería y ni podía tener mis ojos abiertos porque he tenido en los últimos meses más movimiento energético en mi vida que en todas mis casi 49 vueltas al Sol. Y yo me resistía. Se me salió todo el “resisterio” anoche. Y casi ajusto las 24 horas mirándote Gaia. Pero en algún punto colapsé y me llevaste a otros lugares. Y el viento me hizo navegar. Y casi voy hasta donde ti. Llegué sí. Pero te dejé seguir. Porque el amor es una decisión. Y casi llego hasta donde ti también, pero te deje ir. Porque el amor es verdad. Casi llego hasta donde ti, pero solo te vi pasar. Porque el amor es honestidad y claridad y transparencia y no es fugaz. Es una sensación que nos recorre el cuerpo cuando reconocemos el espíritu de otro que es uno ya completo por sí solo y que es tan bello que todas nuestras células nos hablan.
Esta Gaia mía es una delicia. Es evidentemente mi nuevo hogar con dos mástiles. Es hermosa y está en el mejor lugar del mundo. Uno en donde todo sabe a miel y a coco. En donde su gente de sonrisa amplia pasa por enfrente regalándote esperanza y fe. Regalándote aún cuando no tienen. Regalándote tiempo. Eso. Tiempo. Eso de lo que ya ninguno parece tener y de lo cual sin duda está hecha nuestra riqueza. Tiempo. Ese que nos damos a ver si es de ahí. Pero ya sabemos que no es de ahí. Porque el tiempo que nos damos o le damos a nuestros amigos, son los instantes más preciados. Esos en donde el vacío de una noche en vela en medio de una noche con una tormenta fuerte y con un “vientecito bueno”, te hace recordar de qué estas hecha. Qué es lo que has aprendido. “No cualquiera se aguanta esto”, me dijo anoche. Y yo, que ya sé de que estoy hecha y todo lo que he vivido y esperado por estar aquí, solo puedo sonreír…
Esta Gaia mía…anoche sacaste todo mi amor…para sostenerte una vez más. Y yo agradezco que allá arriba alguien me hubiera visto. Porque bajó a sostener con sus alas, una de las puntas que era la que faltaba para por poco salir volando…
http://www.resiliencias.org/lo
- Latin America and the Caribbean
