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Su sonrisa era de una de esas que uno no puede olvidar



Y no la puede olvidar porque era honesta. Serena. Radiante. Era una de esas sonrisas que uno quisiera siempre mantener con uno. Una de esas que uno quisiera para uno. Una de esas que poca gente puede tener.





Se acercó tímido. Pero seguro. Yo no comprendía bien. Pero todos eran excesivamente cordiales con aquel joven. Yo simplemente observaba y sonreía porque su sonrisa era definitivamente algo! Tenía ese don de quienes cargan un carisma particular en su espíritu. Y entonces asumí que era un buen chico. Un adolescente como muchos. Un adolescente como mi hijo que para ese momento tenía casi su edad.





Todo transcurría como debía ser aquella mañana. El tema no era el más fácil. Pero debía hablarse. Debía decirse aunque no le gustara a muchos. Aunque no le gustara a más de uno. Aunque no le gustara a uno principalmente. Yo fui invitada. Siempre me sentí invitada. Siempre me sentí lejana pero cercana a la vez. Siempre me sentí partícipe. Me lo había ganado casualmente por andar como dice el dicho, buscando lo que no se me había perdido. Porque lo que no se me había perdido era una guayaba. Y yo fui a su encuentro. Y ella al mío. Pero nunca nos encontramos. Porque cuando casi la cojo, aquel ángel me haló tan fuerte que aún mi cuello y mi hombro recuerdan la fuerza de los ángeles y entonces en mañanas como hoy decido revivir con mis palabras, aquel joven, aquella sonrisa, la guayaba, el halón y los ángeles.





Si. Ángeles. De carne y hueso. Ese que yo tuve la fortuna de tener aquel día y que muchos no. Que aquel joven no tuvo. Que todos esos que fueron llegando uno a uno no tuvieron. Y seguro no fue por negligencia. Los ángeles no conocen esa palabra. Estoy confiada que fue por ocupaciones varias que ellos tienen. O no son suficientes tal vez. Y cundo me enfrenté a la realidad que me rodeaba, quise prestar el mío. Quise regalarlo. Quise pasarlo….quise ofrecérselo de por vida a aquel chico y a todos los chicos a quienes estaba destinada a registrar silenciosamente con mi cámara.





Solo atiné a detenerme. Solo pude hacerlo por respeto y ellos en un acto que solo los niños y los adolescentes podrían hacer con tanta facilidad, me tomaron las manos y me quitaron la cámara y uno de ellos me dijo, ¿puedo? Y mi silencio fue mi respuesta. El silencio siempre lo es. Mi piel me hablaba. Mi corazón me hablaba. Mi garganta me hablaba…Era tan evidente que uno de ellos me abrazó. Uno de ellos me tranquilizó como si fuera yo. Como si lo que ambos veíamos me hubiera pasado a mi, a mi hijo, a uno de mis seres amados…y mientras me abrazaba, me dijo, puedes llorar. Ya todos estamos acostumbrados a que mientras nos mira la gente se quede paralizada…





Fue así como ese día, y hoy, confirmo, una y otra vez, que no existe nada más valioso para nuestro hijos que eso que todos desconocemos, eso tan preciado que nos cuesta tanto, eso tan costoso que estamos inclusive dispuestos a nunca tenerlo. A no disfrutar de su presencia, ni de su placer, ni de la serenidad que permitiría dedicarnos a algo más. A escribir poesía, a soñar con viajar, a estudiar, a pintar, a componer hermosa música…a producir algo más…a contar otras historias. La de una mariposa vagarosa, o la de esos amores que nos han hecho a muchos estremecernos en medio de la ternura…





Deseo que donde este ese joven, y muchos de nuestros jóvenes, aún en medio de esos obstáculos que encontraron, hayan logrado superarse y encontrar un camino que los haya llevado aún con esas sonrisas más allá de donde sus ángeles no pudieron llevarlos…porque se lo merecen tanto como mi hijo que hoy sube y baja y corre y toca las más hermosas melodías en su guitarra mientras yo también puedo usar mis dos manos para escribir esta historia. Es por ellos y por muchos otros que cada día continúo haciendo y siendo quien soy. Porque debemos asegurarnos de dejarles esto mejor…mucho mejor.







      • Latin America and the Caribbean
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